El buen rock a las afueras de Bogotá
El domingo 8 de noviembre me dirigía en bus a las afueras de Bogotá, al municipio de Mosquera; a las 6:00 de la tarde se iba a desarrollar un evento musical, artistas no muy concurridos en la farándula colombiana, sin embargo, excelentes artistas de varias partes del país, en el denominado encuentro del rock nacional.
Desciendo del bus, eran las cinco de la tarde, en realidad se divisaba poca gente alrededor, seria el frio o el encuentro era poco llamativo en aquel municipio; el evento se realizó en el parque central de Mosquera, al frente de una iglesia muy concurrida a la hora del evento.
Observo hacia el centro del parque, una carpa algo deshecha, el sonido estaba siendo adaptado, algunos personajes con crestas alrededor del parque, junto con su infaltable trago de aguardiente y humo maloliente, que por cierto no era de cigarrillo. La gente derredor observaba con desprecio a aquellos personajes, que sin tapujos lanzaban palabras soeces de lado a lado, incluso algunas botellas. Era de esperarse la reacción de las personas ante tan brutal e inusual comportamiento alrededor de su bello municipio.
Los niños pasaban diciendo, “papi porque se hacen eso en la cabeza”, y los padres de inmediato respondían, porque están locos; pues, en realidad no es común observar en un pueblo tan tranquilo, una serie de desadaptados capaces de romper y destrozar los sitios aledaños, con tal de “pasarla bien”, mientras tanto las botellas seguían de lado a lado, los chiflidos no se hacían esperar y la policía no tardo en llegar, llevándose a algunos que querían irrumpir con la tranquilidad del pueblo.
Esto fue una buena jugada de la policía, pues permitió calmar los ánimos; ahora si, me acerque al centro del parque, se aproximaban las cinco y cuarenta y cinco de la tarde, la gente empezaba a agolparse alrededor de la tarima, el humo oscurecía mas la noche, en el fondo se escuchaban guitarras resonar y la tribuna empezaba a gritar.
A las 6:30 p.m. inicia el primer grupo de rock, y la gente eufórica empieza a gritar “El siete” “El siete”, la banda inicia con una canción denominada contacto, empieza el tan esperado “pogo”, una patada por aquí, un puño por allá, las mujeres enardecidas, tal vez por la marihuana y por la droga, se situaban en medio de los pogos y se median en la agresividad con los hombres, yo observaba a un lado, simplemente disfrutaba la música y gritaba por la emoción.
En medio de la euforia un joven vestido totalmente de negro sale impulsado con ayuda de su grupo del suelo a unos dos metros de distancia, la gente lo observa, pero su aterrizaje no es el esperado, y a pesar de la música y de la euforia se escucha un fuerte golpe contra el piso, todos los jóvenes se quedan quietos alrededor de el, se escucha un silencio inmenso en un sitio tan concurrido, pasan treinta segundos y el joven se levanta con la cara ensangrentada y de una manera muy extraña la gente grita animosamente por su hazaña, el joven como si nada hubiera pasado continua repartiendo golpes a diestra y siniestra, no importando el estado en el que se encontraba.
Así continua el concierto, con grupos como 69 Nombres y Diva Gash, el parque se encontraba totalmente lleno al cabo de las 8:00 p.m. se aplaudía, se fumaba, se tomaba, se golpeaban, se reían, se besaban, en fin una noche apasionante para los amantes del rock, una noche de alegrías, de infortunios para algunos y sobre todo de muchas pasiones.
El domingo 8 de noviembre me dirigía en bus a las afueras de Bogotá, al municipio de Mosquera; a las 6:00 de la tarde se iba a desarrollar un evento musical, artistas no muy concurridos en la farándula colombiana, sin embargo, excelentes artistas de varias partes del país, en el denominado encuentro del rock nacional.
Desciendo del bus, eran las cinco de la tarde, en realidad se divisaba poca gente alrededor, seria el frio o el encuentro era poco llamativo en aquel municipio; el evento se realizó en el parque central de Mosquera, al frente de una iglesia muy concurrida a la hora del evento.
Observo hacia el centro del parque, una carpa algo deshecha, el sonido estaba siendo adaptado, algunos personajes con crestas alrededor del parque, junto con su infaltable trago de aguardiente y humo maloliente, que por cierto no era de cigarrillo. La gente derredor observaba con desprecio a aquellos personajes, que sin tapujos lanzaban palabras soeces de lado a lado, incluso algunas botellas. Era de esperarse la reacción de las personas ante tan brutal e inusual comportamiento alrededor de su bello municipio.
Los niños pasaban diciendo, “papi porque se hacen eso en la cabeza”, y los padres de inmediato respondían, porque están locos; pues, en realidad no es común observar en un pueblo tan tranquilo, una serie de desadaptados capaces de romper y destrozar los sitios aledaños, con tal de “pasarla bien”, mientras tanto las botellas seguían de lado a lado, los chiflidos no se hacían esperar y la policía no tardo en llegar, llevándose a algunos que querían irrumpir con la tranquilidad del pueblo.
Esto fue una buena jugada de la policía, pues permitió calmar los ánimos; ahora si, me acerque al centro del parque, se aproximaban las cinco y cuarenta y cinco de la tarde, la gente empezaba a agolparse alrededor de la tarima, el humo oscurecía mas la noche, en el fondo se escuchaban guitarras resonar y la tribuna empezaba a gritar.
A las 6:30 p.m. inicia el primer grupo de rock, y la gente eufórica empieza a gritar “El siete” “El siete”, la banda inicia con una canción denominada contacto, empieza el tan esperado “pogo”, una patada por aquí, un puño por allá, las mujeres enardecidas, tal vez por la marihuana y por la droga, se situaban en medio de los pogos y se median en la agresividad con los hombres, yo observaba a un lado, simplemente disfrutaba la música y gritaba por la emoción.
En medio de la euforia un joven vestido totalmente de negro sale impulsado con ayuda de su grupo del suelo a unos dos metros de distancia, la gente lo observa, pero su aterrizaje no es el esperado, y a pesar de la música y de la euforia se escucha un fuerte golpe contra el piso, todos los jóvenes se quedan quietos alrededor de el, se escucha un silencio inmenso en un sitio tan concurrido, pasan treinta segundos y el joven se levanta con la cara ensangrentada y de una manera muy extraña la gente grita animosamente por su hazaña, el joven como si nada hubiera pasado continua repartiendo golpes a diestra y siniestra, no importando el estado en el que se encontraba.
Así continua el concierto, con grupos como 69 Nombres y Diva Gash, el parque se encontraba totalmente lleno al cabo de las 8:00 p.m. se aplaudía, se fumaba, se tomaba, se golpeaban, se reían, se besaban, en fin una noche apasionante para los amantes del rock, una noche de alegrías, de infortunios para algunos y sobre todo de muchas pasiones.
VISITA AL MUSEO LA QUINTA DE BOLIVAR
Era un día bastante soleado, las ramas de los árboles resplandecían, cuando me acercaba a aquella casa, de color blanco, algo sucia en su exterior, el día empezó a oscurecer un poco, se filtra un fuerte ventarrón haciendo que las mas de cincuenta personas que acercaban a aquella casa se estremecieran; escuchándose al lado del camino, las nubes están oscureciendo, lo mejor es ocultarse acelerando un poco el paso para la famosa casa llamada la quinta de Bolívar.
Poco sabia de aquella casa, por ello mi interés de ir a visitar aquel monumento histórico para la sociedad colombiana, al ingresar un celador realiza una pequeña requisa, algunas personas se molestan, afirmando “yo no me voy a robar nada”; al ingresar se encuentra un hermoso jardín, algo curioso para mi vista, pues la simetría de este era muy elegante, un guía resalta la importancia de su disposición y lo primordial que es mantenerlo de aquella manera, señalando algunas plantas como un gran nogal, varios lozanos, cerezos, alcaparros, mortiños, cerezos, pinos todos sin duda del tiempo de Bolívar resalta el guía de la quinta de Bolívar.
Unos pasos mas adelante ingresamos a la casa, y un joven perteneciente a la Universidad Distrital de la facultad de artes inicia su discurso, resaltando el año de construcción de la quintad de Bolívar, remontándose a 1670, cuando el bachiller Pedro de Solís y Valenzuela donó a la ermita de Monserrate 100 varas castellanas de tierra, ubicadas en el sitio llamado La Toma de la Aduana. En 1800, el capellán de Monserrate, José Torres Patiño, vendió el predio por la suma de $120 al contador principal de la Renta de Tabaco de Santa fe, Don José Antonio Portocarrero. El nuevo dueño construyó una quinta campestre que arregló para agasajar al virrey Antonio Amar y Borbón en el cumpleaños de su esposa la Virreina, doña Francisca Villanova.
Después de la Independencia, la quinta fue comprada como regalo para el libertador Simón Bolívar, el guía resalta que la casa fue una fábrica de cerveza, un hospital y un asilo. Mientras el guía habla me retiro hacia el siguiente salón de manuelita Sáenz “la libertadora del libertador”, continuo al gran salón, el escenario de fiestas y bailes, allí se encuentra una pintura del libertador, debajo de esta una pequeño sofá con un diseño muy antiguo, tocadores, mesas y algunas pinturas representativas de la época, un pequeño membrete en la cerca, en el cual se mencionaba, no todas los artículos presentes en la exposición son de la época, las sillas y demás son decoración del lugar para simular la vida de Simón Bolívar en su época de libertador.
Continúo el recorrido y camino alrededor de la alcoba del libertador, donde se encontraba su espada, la cual tenía en su mango más de 4000 brillantes o esmeraldas, el guía añadió, su precio es incalculable, pues la espada es considerada como un patrimonio histórico.
Por mi cabeza paso un solo pensamiento en aquel momento, aquella no debe ser la espada verdadera, debe ser una fiel copia, pues su custodia la realizaba tan solo un celador; y en realidad era un sitio al cual se podía acceder de manera practica y sencilla.
Salgo al patio, el cielo bastante oscuro, la lluvia golpea mi cara y el frio estremece mis piernas, sin una sombrilla, salgo a correr por el pasillo de salida de la quinta de Bolívar, por aquel pasillo encuentro armas de guerra como cañones y algunas balas de cañón, junto a ellos una pequeña boutique de recuerdos de la quinta de Bolívar, por cierto algo costosos y poco llamativos.
La gente se queda dentro de la Quinta, mientras yo corro y salpico, escuchando algunos susurros no muy cordiales hacia mí y hacia mi compañera, de igual manera no importa, lo único que importaba era “no mojarme”.